
Si usted hace un inventario físico de sus bienes, reconoce que valen 100 y no debe nada, entonces puede decir que su capital es de 100.
Si usted hace un inventario físico de sus bienes, reconoce que valen 100 y tiene una deuda de 100, entonces puede decir que su capital es cero o más sencillamente, puede decir que no tiene nada, que carece de capital.
Si usted hace un inventario físico de sus bienes, reconoce que valen 100 y tiene una deuda de 110, entonces puede decir que está en quiebra, insolvente, técnicamente indigente.
Estas referencias contables son muy racionales, prácticas, tangibles, pero las utilizo sólo para darle un contexto a otro tema menos visible y por lo tanto menos entendible.
Durante milenios los padres tuvieron y criaron a sus hijos para que estos se encargaran de mantenerlos cuando llegaran a viejos y ya no tuvieran fuerza para valerse por sí mismos.
Por lo tanto la tradición en este sentido tiene un importancia tan grande que no me extrañaría que nuestros genes estuvieran tatuados con ese mandato humanitario.
El inconveniente surge cuando no podemos saber cuál es la deuda que tenemos con nuestros padres porque si nos dieron la vida y se nos ocurre pensar que esa gestión (gestación) tiene un valor económico, no hay cifra monetaria que pueda pagar por una vida y mucho menos la propia.
Quienes viven aplastados por el peso de una deuda que supera cualquier inventario físico de bienes, sienten que están en quiebra, insolventes, técnicamente indigentes.
Nadie que se sienta emocionalmente en esta situación patrimonial tendrá energía para trabajar, producir y salir de la indigencia técnica.
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