
No tengo idea en que época del Imperio Romano, existía un señor cuyo nombre nos llegó hasta hoy por sus malos hábitos.
Lucio Veracio tenía la mala costumbre de salir a pasear con un esclavo que portaba una bosa llena de monedas, destinadas a indemnizar a los transeúntes que recibían un inesperado cachetazo de su amo.
La legislación de esa época y lugar, indicaba que una injuria (agravio de palabra u obra) tenía una multa de 25 ases (moneda local).
Este ciudadano estaba dentro de la ley, pero con una conducta antisocial.
En casi todas las legislaciones, la multa es la sanción más importante después de la privación de libertad.
A partir de este hecho, surgen varias ideas que, cuando no son dramáticas, son graciosas.
— Como vimos en el ejemplo extremo, alguien puede transgredir deliberadamente, cuando su patología admite los costos que el estado le impone;
— La multa constituye un costo aleatorio, que no se paga siempre. Al igual que cualquier otro crimen, se paga sólo cuando es descubierto, lo cual depende de la buena suerte, de la habilidad del transgresor, de la eficacia de la justicia.
— Su carácter aleatorio alienta a quienes clasifican a esa experiencia como algo lúdico, generador de adrenalina, estimulante.
— Este castigo es transferible porque es imposible asegurarse de que lo pague quien fue condenado. Imaginen una pena por la que cualquiera pudiera ir preso en lugar del reo.
— Suele generar la suspicacia entre los ciudadanos, de que se aplica más que nada por el afán recaudador del fisco. Esta sensación pública perjudica gravemente el respeto que las instituciones necesitan para ser eficaces;
— La multa es un costo justificado cuando la ganancia de la transgresión, lo cubre con creces.
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