
En un artículo titulado
¿Qué es un regalo? sugería que mediante esta práctica social, quien entrega somete a quien recibe en un clima tan simpático que se hace difícil percibir cualquier intención negativa que pudiera contener esta acción.
— Si soy fanático de
The Beatles, seguramente alguien me obsequiará un CD con
Los mejores corridos mexicanos;
— Si adoro las seriales de televisión, seguramente alguien que me quiere mucho me regalará excelentes libros;
— Si lo único que me desesperan son las motos, seguramente me gratificarán regalándome hermosas prendas de vestir de tela y no de cuero.
Cuando el amor es aún más grande (el de un padre o una tía rica), sólo me becarán para estudiar lo que tiene mejores posibilidades de éxito futuro (sin considerar mi vocación).
Como digo en el artículo mencionado en el primer párrafo, el regalo procura influir, cambiar, gobernar, sobornar, modificar, transformar, someter, dirigir al
feliz beneficiario.
La enseñanza de un país puede ser obligatoria y gratuita para orgullo de los ciudadanos biempensantes.
Lamentablemente esta política envilece (corrompe, pervierte, contamina) tanto como los amorosos regalos.
El sistema político nos cobra impuestos que luego aplica a transformar el pensamiento de la mayor cantidad de ciudadanos posible mediante programas de estudio que incluyen patrocinar el régimen más beneficioso para quienes detentan el poder.
Pero tienen un único problema que felizmente han podido resolver con éxito: las matemáticas no favorecen a ningún régimen y hasta podría permitir que los ciudadanos piensen por sí mismos.
Dicha asignatura no gusta, los estudiantes rehúsan pensar, son haraganes. Pero los perdonamos porque sí saben pensar alineados con el sistema político.
¡Destinemos mucho dinero a la enseñanza gratuita que es plata bien gastada en propaganda del sistema!
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