Los niños corren peligro porque ellos son peligrosos para sí mismos. No se saben cuidar y los adultos tenemos que estar observando qué hacen, dónde apoyan los deditos, cuáles son sus empresas, qué emprendimiento idearon tres de ellos que ya empezaron a reirse de sólo imaginar los resultados.
En general pensamos que el gran problema es que ellos —debido a su corta edad— no tienen experiencia. Esto puede ser así, pero lo que realmente preocupa es que ellos están seguros de poder casi cualquier cosa. Lo que no tienen es noción de la diferencia que existe entre lo que ellos creen que pueden hacer y lo que realmente pueden.
Una vez me tiré de un árbol con una capa, seguro de que podía volar como Súperman; si me enojaba con alguien, deseaba que se muriera porque ya resucitaría; estaba convencido de que las golosinas eran mejor alimento que la sopa. ¡Soy un sobreviviente!
Los adultos observamos comprensivos estos delirios infantiles y colaboramos amorosamente para que no sean víctimas de sí mismos.
De lo que no somos tan comprensivos es de los delirios adultos, según los cuales nos creemos una especie superior al resto de los animales con el agravante de que no contamos con alguien que nos cuide y por esto no paramos de provocar accidentes, pérdidas humanas y desastres ecológicos.
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